viernes, 19 de septiembre de 2008

Historias de la inmundicia: las antiguas ciudades y el concepto de higiene



Este post es un encargo que me hizo el gestor de Es Madrid no Madriz a raíz de un comentario que dejé en la entrada que dedicó a la madrileña Calle de la Salud.

Decía yo que quien afirma que le gustaría haber vivido en tal y cual tiempo pasado (sobre todo si este es anterior a bien entrado el siglo de XIX) no sabe a qué se expone. El concepto de la ciudad inmaculada, habitable y acogedora es, en realidad, muy reciente y nada tiene que ver con el pestileste y antihigiénico pasado de nuestras queridas urbes.

Las primeras medidas reguladoras sobre el aspecto y cuidado de las ciudades españolas surgieron de la iniciativa real, lo cual hacía de Madrid el núcleo primigenio de los experimentos destinados a la acomodación urbana. El 1590 Felipe II firmó una Real Cédula por la cual se creaba en la Villa y Corte una Junta encargada de velar por su limpieza, ornato y policía (orden público).

En lo que a cuestiones de urbanismo se refiere, el profesor de la Universidad de Santiago Andrés Rosende publicó hace unos años un fantástico libro sobre la evolución de la configuración urbana de Compostela, analizando no sólo los cambios en su planta sino también el modo de vida y el uso de los espacios públicos. Una joya (que creo se publicó sólo en gallego, lo cual es una verdadera lástima) de la cual he extraído buen parte de la información para este post.

Tras el ejemplo madrileño, el Ayuntamiento de Santiago organiza desde el siglo XVI un medio de vigilancia urbanística a través de la inspección de las obras. En el siglo XVII estas medidas se amplían y perfeccionan, afectando a la higiene de la urbe, sus prácticas edilicias y el orden público. En lo que a medidas higiénicas se refiere, éstas afectan sobre todo al control de los cerdos (habituales en los paisajes urbanos de la época) vigilando para que no andubieran sueltos, ensuciasen las calles, pusieran en peligro a los jinetes y molestasen en las procesiones. Otras medidas de salubridad pública fue el prohibir a los ciudadanos el vaciar los orinales en las calles y fuentes, en las que tampoco se debía de lavar la ropa, carne o pescado, o sacar de ellas aguas con orinales y otras cosas sucias. Asimismo se obligaba a los vecinos a limpiar delante de sus casas "la parte que le tocare, conforme a cassa que hubiere". Tampoco se permitía arrojar agua sucia o limpia por las ventanas y, de hacerse, se debía avisar tres veces gritando: agua va, para que los vecinos pudieran tomar las precauciones pertinentes. Se instaba a que los estercoleros no se situasen en la ciudad y las inmediaciones de la muralla, obligando a colocarlos a 30 codos de la misma, y se fijaba el horario de recogida por parte de los campesino: de seis a ocho de la mañana en verano y de ocho a diez en invierno. En cuanto a los inmuebles se seguían controlando las licencias de obras a fin de evitar de que una construcción improcedente complicara el tránsito de las calles, se contemplaban asuntos de seguridad pública prohibiéndose, por ejemplo, el almacenamiento de materiales inflamables en las viviendas y se controlaban los edificios en estado ruinoso.

Actualmente se conservan las ordenanzas municipales que regularmente se emitieron desde 1687 y en las cuales apenas se produjeron cambios. Con todo, lo estipulado en estos bandos no siempre se cumplía y, por ejemplo, el amontonamiento de estiércol junto a la muralla fue una práctica secular.

El siglo de la higiene y de la salubridad urbana fue, sin embargo, el XIX. El concepto, ya preexistente, de que el aire limpio y puro era sinónimo de salud cristalizó en medidas contundentes como la ampliación de las redes urbanas y la apertura de grandes ventanales en las casas y la prohibición de enterrar en las iglesias y sus inmediaciones. Este última resolución derivó en la creación de cementerios fuera de las ciudades y orientados teniendo en cuenta los vientos predominantes en la zona, a fin de que estos no llevaran los olores y enfermedades a la ciudad. En el caso de Santiago el cementerio urbano de Bonaval, anejo al convento de los dominicos, no se levantó hasta bien entrado el siglo XIX. Hasta entonces el lugar de enterramiento de los compostelanos era la Plaza de la Quintana.




La Plaza de la Quintana era el centro de la vida urbana de Compostela: por un lado era el espacio sacro por excelencia: en ella se encuentra la Puerta Santa, acceso principal a la Catedral en año jubilar y era el marco de los Autos de Fe y de las grandes procesiones. Además, la Quintana era también centro de la vida económica y política: en su lado septentrional se disponían el mercado y los puestos de cambistas, en las casas que cerraban este lado de la plaza habitaban los notarios y, hasta que a finales del XVII Domingo de Andrade construyó el Consistorio de la Plaza del Campo la corporación municipal se reunía en una casa sita en la gran plaza. Esta que acabamos de describir era la conocida como "Quintana de vivos" opuesta a la meridional "Quintana de mortos" que recibe su nombre por hallarse en ella el cementerio catedralicio, que servía como cementerio municipal.
Al estudiar esta plaza, Rosende se refiere a esta zona como "espacio profanado", dice la documentación: "lugar franco a todo género de personas, y animales, expuesto a toda casta de inmundicias, profanado de día y noche con la negociación de comprasy ventas, y algunas veces con quimeras y cuchilladas, efusión de sangre, actos indecentes, teatro de volantines, y títeres, exercicios militares, y paseo casi continuo de ociosos, y al mismo tiempo destinado por un Ilustre cavildo compostelano a las sagrada exequias y sepulcro de los cuerpos de unos fieles que devmos creer piadosamente glorificados en el señor". El cementerio era un lugar sin pavimentar, su suelo era de tierra que solía estar mal nivelada debido a las constantes exhumaciones de las fosas (comunes), que se abrían para trasladar los restos descompuestos a los osarios.


La ubicación del cementerio debía de ser verdaderamente incómoda para los vecinos, pues se conservan textos muy expresivos y esplícitos sobre el hedor que producía, sobre todo en años secos. Se conservan algunas quejas de las "señoras de San Paio" que solicitaban que en verano se aumentase la cantidad de cal que se vertía en el cementerio, a fin de acelerar las descomposiciones y aminorar el olor. Lamentablemente, buena parte de la inmundicia de la plaza era generada por las propias monjas que arrojaban sus deshechos a la plaza, lo cual dejaban los enfrentamientos en tablas y los problemas de higiene sin una solución.


Otras quejas se centraban en que "por tiempo de verano y aún de hivierno, salían de noche los gusanos en mucha abundancia, subiendo por las escaleras, de sus entradas del Norte y de la Platería".

El obispo de Vigevano Juan Caramuel de Lobkowitz se alegraba en su tratado sobre la Arquitectura Civil Recta y Oblicua (1678) de su fortuna por vivir en tiempos tan avanzados respecto a las incómodas Antigüedad y Edad Media. No sabía el bueno de Caramuel de las muchas ventajas de las que era privado en sus tiempos...


3 comentarios:

Didac Valmón dijo...

Esto de la higiene es un mundo, ahora, más o menos la idea pública es general pero ¿cuando vas en el bus y viene ese olor, antihiegenico? En fin, ni QUintana de Mortos jejeje
Un saludo y gracias por este interesante artículo

Matritensis dijo...

Muchas gracias!!!

Me encantan este tipo de historias.
Espero que no sea la última de este tipo, digo esto porque ya no me atrevo a pedir...

Saludos ;)

Paula dijo...

Queda pendiente la de los libros prohibidos, pero tendrá que esperar que esta semana no estoy en Galicia y para escribir ese post tengo que buscar algo de documentación!

Historias curiosas hay a montones así que ya iré seleccionando!

Un abrazo