domingo, 5 de octubre de 2008

Bunbury... o la importancia de llamarse Enrique


Húmeda noche de San Francisco en la vieja Marineda. Bajo una nube de humo, en uno de esos recintos absurdos que lo mismo sirven de plaza de toros que de improvisado auditorio se dan cita 35oo almas. (Eso dicen, hoy, los jornales). Poco antes de las 22:30 todo se vuelve oscuro, justo antes de que haces de luces frías y un sonido eléctrico diesen inicio a la reunión de El club de los imposibles. Así fue como el hombre delgado comenzó más de dos horas y media de magia, de un viaje al pasado, más que nunca presente, que hizo delirar a la parroquia. La sombra de Hellville planeaba en las conciencias pero el genio (y figura) hizo gala de su fama de señor y ofreció lo mejor de su repertorio en solitario; el público fue respetuoso y nadie reclamó a los Héroes, noblesse obligue.

Él tampoco engañó a nadie, tras un par de temas cañeros avisó: "al que espere un concierto roquero esto le va a doler", pero hubo espacio para todo tipo de temas... y apostar por el rock&roll. El viento estaba a favor y allí sólo importaba la música. Tras las luces frías y las guitarras elécticas se hechó el telón y el escenario se convirtió en un Pequeño cabaret ambulante... buen momento también para ponerse Flamingos.

Tras hora y media de música comenzaron los bises: 1, 2, 3... allí nadie era extranjero y, en tan buena compañía, difícil irse a ninguna parte. El último bis fue un regalo, llegaba el final y era El tiempo de las cerezas. Un tema suave como un "hasta pronto" y un dulce despertar del letargo. Y es que, al final del sueño, late el corazón...

1 comentario:

Didac Valmón dijo...

Bunbury es un dios, qué envidia me da ese concierto.
Un saludo