miércoles, 1 de junio de 2011

El Kirs, otro clásico que nos deja

Imagen tomada de Salir.com

Una ciudad no la construyen los arquitectos. O no sólo los arquitectos. La personalidad, la idosincrasia, del locus la construyen sus personajes, sus vivencias y sus sitios. Estos últimos pueden ser parques, cines, teatros, playas, plazas, edificios insignes -por su arquitectura o por lo que su actividad supone para la urbe- o cafeterías como a la que hoy dedicamos este artículo. 


Si hace unos meses fue Malde, una vieja vecina de la céntrica Calle Real en tres semanas será la cafetería Kirs la que echará el cierre. La desaparición de esta institución no se debe al abandono, o al haberse quedado desfasada. Mañana tras mañana, tarde tras tarde el Kirs no tiene una mesa libre. Su situación estratégica y el ser uno de esos locales "de toda la vida" le garantizan una clientela fiel, que sólo cuando hay desembarco de cruceristas se mezcla con eventuales estranjeros de acento anglosajón. En este caso se debe a ese monstruo que se llama Fin de las Rentas Antiguas y que avanza lentamente para alegría de propietarios y desgracia de cuantos hasta ahora disfrutaron de ese raro priveligio que era la renta antigua. 

Cierto que el Kirs no es una cafetería de jóvenes, pero sí es una cafetería de la ciudad. Tanto que si hiciéramos un crucigrama coruñés bien podríamos incluir encontrar en una columna: Cafetería (4 letras), y no habría fallo posible. Si comenzásemos a contar alguna anédota de nuestra vida relacionada con el Kirs todos tendríamos una, o más de una. 

La Calle Real poco a poco se despoja de sus antiguos negocios para afrontar un futuro incierto que oscila entre las tiendas de diseño, el chino y las tiendas de calzados low cost, pero el mayor drama no deja de ser que en estos tiempos que corren nos sigamos desayunando con la noticia de que viejos conocidos dejarán el trabajo de su vida para engrosar la cada vez más larga cola del palo.

1 comentario:

Paula dijo...

Mi anécdota del Kirs sucedió cuando yo tenía tres años. Había ido con mis padres y mi tío a ver al cine Colón "Cazafantasmas". Nunca me gustaron las pelis de miedo (sí, ahora ya sé que "Cazafantasmas" no es una peli de miedo)y no pasé del primer fantasma. El fantasma de la biblioteca. Cuando el monstruo se abalanzó sobre la cámara yo grité, agarré a mi madre y le dije: Nos vamos! Mi madre salió del cine conmigo mientras mi padre y mi tío seguían viendo la peli. Era invierno y hacía mucho frío y los esperamos en el Kirs durante dos horas. Debió de ser un coñazo porque mi madre todavía me lo reprocha de vez en cuando. Pero allí estuvimos: en el Kirs!