lunes, 13 de junio de 2011

La capilla de San Antonio del Pazo de Oca


Celebramos la festividad de San Antonio de Padua (o de Lisboa) con una entrada sobre una de las más hermosas capillas gallegas dedicadas a este santo: la que preside la plaza de entrada al Pazo de Oca.

Famoso por sus jardines (que han llevado a denominarlo, no sin cierto romanticismo, el "Versalles gallego"), el edificio es también uno de los mejores ejemplos de arquitectura civil barroca de Galicia, que tiene en los pazos, o palacios rurales, su exponente más característico. Los pazos se caracterizan por unos elementos arquitectónicos que les suelen ser comunes entre los que se encuentra la capilla, por lo general pensada para satisfacer las necesidades religiosas familiares pero que también podía abrirse en fiestas señaladas a los criados y vecinos de la zona. Las capillas suelen hallarse en el interior del recinto "pacego" y tener una simple planta de salón y dimensiones reducidas, condiciones que no se dan en la de Oca, que puede ser considerada como la más magnífica de todas.

Su disposición presidiendo la plaza que recibe a cuantos se acercan hasta el pazo ya es significativa de la relevancia que sus propietarios, los condes de Amarante, dieron a este elemento. La plaza de Oca es un espacio rectangular al que se accede por el eje mayor, entrando junto a un cruceiro y teniendo como telón de fondo la capilla, dispuesta en el lado sur. En el eje menor se disponen, al este, las casas de los antiguos sirvientes del pazo y al oeste la crujía principal del palacio en cuyo ángulo septentrional destaca la torre primitiva.



La capilla destaca por el empuje vertical de la fachada, resaltado por sus dos torres campanario, y rompe la horizontalidad del conjunto de la plaza que en el lienzo sur se restalta por un muro de cierre dispuesto a ambos lados de la capilla y que se compone por una sucesión de arquerías rematadas con una balaustrada barroca. Dicho muro no sólo sirve para cerrar el jardín y limitar la plaza sino que además actúa como corredor abierto que conecta uno de los salones del pazo con la tribuna de la capilla, espacio reservado para la familia, y da acceso al balcón que preside la fachada del templo. Este paseo elevado, sin duda pensado como lugar para el lucimiento de la familia nobiliar y como mirador sobre los actos celebrados en la plaza, se continúa más allá de la capilla, dando una total simetría al cierre. El que la capilla fuese trasladada del interior del recinto privado a un espacio público se debe a que desde el siglo XVII es sede de la Cofradía de San Antonio, santo cuya devoción se hizo cada vez más popular en Galicia y que pronto, además de aglutinar a los miembros de la casa de Amarante reunió a sus sirvientes y otras autoridades de la zona. La principal fiesta celebrada en la casa era, precisamente la festividad de San Antonio, que reunía a representantes de las parroquias de los alrededores que portaban sus cruces y estandartes y a numerosos vecinos, que asistían a la misa y participaban en la procesión que recorría la plaza hasta el crucero y regresaba a la capilla en una plaza convenientemente engalanada con tapices y colgaduras.

La capilla presenta un claro estilo barroco dieciochesco de filiación compostelana. Su planta central, de cruz griega es poco habitual en Galicia pero no única, es toda de cantería, cubierta con bóvedas de arista de cantería con las nervaduras resaltadas. Como elemento articulador del alzado se emplean las pilastras toscanas. A los pies del templo se disponen tres tribunas cada una dirigida hacia no de los tres altares que decoran la capilla y en los cuales se reúnen las devociones de la familia, tal y como quedaron expresadas en los testamentos de los promotores de la obra: el VI Conde de Amarante, Andrés Gayoso y su hijo y sucesor, Fernando Gayoso. La tribuna central se apea sobre un arco carpanel que descansa sobre ménsulas decoradas con placas geométricas propias del barroco compostelana del XVIII. El autor de la capilla se cree que pudo ser el arquiteco dominico Fray Manuel de los Mártires, cuyo hacer arquitectónico se percibe en la composición de la fachada y en el juego de balaustradas, que no sólo adornan las dos arquerías sino que también se emplean como motivo ornamental, uniendo las dos torres.



El motivo de las arquerías es de gran original en Galicia, no tanto en su función, ya que los pasadizos que unen los palacios con capillas y otros espacios religiosos se emplean en otros pazos gallegos, imitando un uso típicamente castellano. Desde el siglo XVII se desarrollan en ámbitos cortesanos los pasadizos privados pensados para unir espacios de uso de la nobleza. Así se emplearon en la corte de Felipe III en Valladolid, donde incluso conectaban los distintos palacios de la ciudad, en el palacio ducal de Lerma donde desde el palacio se podía acceder por corredores a las principales iglesias de la localidad, o en Madrid, donde uno de los pasadizos más importantes fue el que lo unía a la iglesia de la Encarnación, permitiendo a los monarcas acceder a los oficios desde un lugar reservado. El tipo de corredor, abierto y público, propuesto en esta ocasión se inspira en parte en el que antiguamente unía en pazo de Fefiñáns (Cambados) con la parroquial de San Benito, pero sobre todo en los corredores sobre arquerías que se emplearon en el Patio de Armas del Alcázar o en el que recorría el jardín del Príncipe en el Palacio Real de Aranjuez, motivo que en esta época fue remotado por Bonavia en la remodelación del palacio y la capilla de San Antonio.



Una imagen pétrea de San Antonio preside la fachada del templo y sobre éste, en el espacio de la balaustrada superior la de Santa Bárbara, que alude a la militancia de los varones de la familia en el ejército, tal y como correspondía a la nobleza. Ambas son obra del escultor Gambino, el último escultor barroco gallego, que también talló las imágenes de los retablos. 
Tradición e innovación, nobleza y devoción popular se encuentran en esta obra de gran originalidad y belleza.

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